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viernes, 21 de marzo de 2025

Hace 20 años me diagnosticaron Ataxia de Friedreich

Un día como hoy, de hace 20 marzos, a mis padres les citó mi neuropediatra para darles los resultados del montón de pruebas que me había hecho durante los últimos seis meses.

 

Ataxia de Friedreich. Patología neurodegenerativa, rara y sin cura. Bomba 1. 


Hay que hacer análisis genéticos a los hermanos para saber si ellos también desarrollarán síntomas. Bomba 2

(Aquí mis padres se dieron con un canto en los dientes, al salir los resultados negativos).

 

Hay que llevarla a cardiología para descartar la cardiopatía asociada a la enfermedad. Pero se confirma la hipertrofia ventricular, y precisamente leve no es. Bomba 3.

Y ahora, una madre y un padre, ¿cómo se comen esto?

Pues cada cuál, imagino, se lo come como puede. No creo que haya una palabra amable para definirlo.
Conforme va pasando el tiempo, estoy más convencida de que la decisión que tomaron mis padres, de no contarme nada hasta pasados los años, fue la más inteligente. Total, aunque lo supiera, no iba a haber nada que pudiera hacer para evitar esa temida silla de ruedas, que tanto asustaba (puedo asegurar que, hoy en día, ese es el último de mis problemas).

 

 

A lo largo de estos años, he aprendido muchas cosas; es cierto que me hubiera gustado no tener que vivirlas en primera persona, pero vinimos aquí a jugar. Entre otras, que:


1.- Tras un diagnóstico de esta envergadura y/o ya para siempre, necesitamos a un profesional de la psicología para que nos acompañe y nos guíe. No nos tiene porqué pasar nada; nada más allá del angustioso hecho de convivir con una enfermedad que nos va robando capacidades básicas de la vida diaria. Cuando digo “nos” me refiero a la paciente y conviviente/s.


2.- Es muy importante estimular y trabajar la corteza prefrontal, y el resto de áreas y estructuras cognitivas, para evitar complicaciones futuras. Sí, la rehabilitación física también lo es; por ejemplo, para controlar y contrarrestar la hipotonía, la falta de propiocepción o el control postural. Las personas (y familiares) que padecemos enfermedades neurodegenerativas, sobretodo en quienes la progresión es más rápida (porque nos han diagnosticado antes, porque la carga genética es mayor), nos centramos en frenar el avance e intentar recuperar lo perdido de la parte física, de todo lo que se ve. Y es lógico, ese empeoramiento es vertiginoso. Pero de cara al futuro, sin obviar el pronóstico de cómo se va a comportar la enfermedad a largo plazo (y de que la autonomía física, en mayor o menor medida, la vamos a perder), merece la pena trabajar y reforzar también aquello que no se ve. Para, por ejemplo, no perder el hilo en una película, ser capaz de leer e interpretar una notificación de Conselleria o saber si las vueltas están bien cuando las galletas costaban 1,25€ y yo di 2,50€.


No me refiero a tener que elegir, sino a compartir esa energía entre: los ejercicios de fortalecimiento de la lengua, control del nistagmus, psicomotricidad fina o los de rehabilitación vestibular para mejorar el control de la cabeza. Alguien a quien admiro mucho, me dijo que los pacientes de neurorrehabilitación somos deportistas de élite, tenemos que darlo todo, siempre. Y añado yo: sin bajar la guardia y prestando atención a todas las áreas, a ver por dónde hay que atacar.


3.- No soy ejemplo de superación, porque no hay nada que superar. Se acepta y se aprende a vivir con ello. Si es necesario, cada día. 20 años después, yo sigo aprendiendo.


4.- Tampoco soy una superheroína, ni peleo en un campo de batallas, ni en ninguna guerra, no gano ni pierdo. Y no pasa nada. En una entrevista de radio, hablaba yo de todo esto, y dijo uno de los presentadores: "Es que debe ser agotador, siempre luchando..." Pues sí, agotador y exigente. Hace algún tiempo, leí en redes sociales al Dr. Ricardo Gil, especialista en enfermedades raras: «Cuidado con etiquetar a pacientes con enfermedades graves como luchadores o guerreros. Hay veces que la batalla no se puede ganar y puede generar una sensación de derrota, fragilidad o incluso culpabilidad» ¿Significa esto que no haya que tener ánimos y esperanzas en las situaciones más delicadas? La esperanza es muy necesaria para pasar un duro trámite; agarrarse a eso, a veces, puede ser lo único que hay. No obstante, se romantiza en exceso la figura del paciente luchador.» Yo no me considero una paciente que tenga luchar contra algo y ganar, lo mío es una carrera de fondo. 

Si un día cojo un vaso de agua y se cae, no habrá sido porque he perdido la batalla, sino porque la musculatura intrínseca de la mano se está debilitando. No hace mucho, escuché sobre una chica de 23 años, que había fallecido por Ataxia de Friedreich: "Es que ABC se rindió y dejó de luchar”; vamos a ver, que ABC cogió una infección por la cardiopatía tan avanzada que tenía, y se le paró el corazón. La enfermedad es la que es, no vayamos a lo romántico de todo. Hay cosas que no lo son.


Uno de los motivos por los que, desde hace años, me intereso y siento curiosidad por todo tipo de contenido científico (el origen, el porqué), clínico y fisiológico (el porqué, la evolución y otra vez el porqué) relacionado con la Ataxia de Friedreich (no es porque tenga yo la intención de encontrar la cura), es para:

-Poder argumentar comentarios como el de arriba, o al típico con el que te comparan con otra persona afectada por la misma patología que tú, pero que su evolución es más lenta: es que él va tres días al gimnasio y dos a natación....

-Evitar la autoculpa. Yo no tengo tanta fuerza en los brazos como para sujetarme en las barras del baño, no porque no los haya trabajado lo suficiente, sino porque hay mucha medicación, con sus consecuentes efectos secundarios; y porque me diagnosticaron a una edad temprana y los síntomas son más severos. O necesito descansos más seguidos, no porque no esté acostumbrada al trabajo o sea más perezosa, sino porque hay una fatiga crónica y una capacidad pulmonar reducida que dificulta el descanso por la noche.


5.- La infantilización hacia las personas con discapacidad, es uno de los peores “daños invisibles” que se pueden hacer. Queriendo o sin querer. Todo se resume en el capacitismo. Hace 20 años, esa manera de hablarte, ese explicarte las cosas a medias porque piensan que no lo vas a entender, o ni siquiera explicártelas por lo mismo, podría parecer normal porque era una niña; pero ahora, no. Y voy más allá, si muchos de quiénes me (nos) infantilizan, se dieran cuenta de que soy plenamente consciente de la situación (llamémosle condescendencia con un velo de falsa empatía), harían un “tierra trágame” de manual. 


La infantilización es que el carnicero te dé la bolsa con la compra, y te diga: vienes sola?, pues cuidado, que llueve…(podía haberle pedido que me regalara los cuartos traseros y las hamburguesas, a ver si colaba). O ir al ginecólogo, que te dé un volante para X prueba, le preguntes si debes tomar alguna precaución concreta, y al contestar se dirija a tu asistente (ahí flipé lo más grande).


6.- Pedir ayuda o no pedirla no nos hace ni superiores ni inferiores, ni con más o menos temperamento, tampoco mejores personas. Tenemos una patología neurodegenerativa, se nos van muriendo neuronas de manera inevitable, y más o menos rápido. Es lógico que queramos conservar las capacidades, o al menos intentarlo, hasta agotar las posibilidades. La lata de Coca-Cola pude abrirla hasta el último momento, y es algo de lo que me siento muy orgullosa (y nadie imagina la de veces que tuve que rechazar ayuda); hasta que mis dedos decidieron que era mejor no abrir cosas, y que la mano sólo agarrase e hiciera fuerza, y ya está.


Una cosa es estar peleando con tu monedero para coger la tarjeta de crédito, y que la señora de la cola, te diga: te ayudo, cariño?, y otra muy distinta es que se te caiga el ticket del metro en el ascensor, y que antes de pedir ayuda, venga alguien: espera que te lo cojo! (y tu piensas: te como la cara!). Ahí entra en juego también el sentido común, porque yo he llegado a escuchar: Es que como os quejáis de todo… Y el mismo respeto y comprensión que utilizo yo para decirte que no quiero ayuda, gracias, es con el que espero que te tomes mi negativa. Eso también es empatía. Esto es el capacitismo.


7.- Para vivir con dignidad y tener una buena calidad de vida, con una enfermedad grave, que requiera atención multidisciplinar, y avanzada (tengas la edad que tengas), tienes que tener dinero. Por muchas prestaciones y ayudas con las que cuente la Ley de Dependencia, actualmente no da para tanto.


8.- Dentro del ámbito de la discapacidad, uno de sus ángulos y al que hay que prestarle oídos, por ser uno de los más silenciados, es al de mujer y discapacidadEl desconocimiento y desinterés de la atención ginecológica al tratarse de mujeres con discapacidad, son una prueba de ello; tanto a nivel de consultas públicas como privadas.


9.- Quienes pertenecemos al colectivo de “grandes dependientes” tenemos también derecho a elegir cómo queremos vivir. Tener la posibilidad de elegir una vida independiente, con una asistencia personal que la garantice. Esto no es un capricho, aunque haya parte de la sociedad que lo pueda pensar: una persona que necesita asistencia durante casi las 24h, ¿no sería más práctico y rentable que estuviera atendida en una residencia, antes que estar en su propio domicilio? Insisto: no digo que sea mejor una cosa que la otra, hablo del poder de decisión, del empoderamiento y de la autodeterminación.


10.- La enfermedad no me ha enseñado nada, he aprendido yo lo que he querido. Me chirría escuchar o leer a gente decir: es que la enfermedad me ha enseñado a valorar los pequeños momentos… Vamos a ver, que la enfermedad (y aquí sí que voy a generalizar) es una tremendísima mierda, sea la que sea. Y no enseña, ella manda (y la mayoría de las veces, no entiendo porqué hoy tengo más espasticidad y temblor en las piernas, y me aguanto e intento que eso no me estropeé el plan). Ella hace, y tú obedeces. Volvemos a romantizarlo todo.



Y hasta aquí comparto mi decálogo de las muchas cosas que he aprendido como paciente de Ataxia de Friedreich; una por cada capítulo. Pero como he dicho al principio del post, ojalá me los hubiera ahorrado.

 

Una vez escribí un libro…


Forever Young - Bob Dylan

 

jueves, 29 de febrero de 2024

No soy rara, tengo ataxia

Tener una enfermedad rara grave es tan tremendo como tener una enfermedad común grave, pero con el añadido de que: 
  • vas a pasar unos años esperando el diagnóstico, recorriendo consultas médicas
  • no va a haber un fármaco/pastillita mágica que la cureva a haber MEDICAMENTOS HUÉRFANOS paliativos, porque sois tan pocos los beneficiarios que a las farmacéuticas no les sale rentable
  • te vas a hacer una experta en genética y en qué le pasa a tu sistema nervioso (la mayoría de ellos tienen un origen neurológico) para que la consecuencia sea estar como estás
  • el único tratamiento CON EVIDENCIA CIENTÍFICA de ser beneficioso a largo plazo, NO está subvencionado por organismos públicos porque "cubrir la rehabilitación a todos los que padecen estas enfermedades es un gasto enorme", según Conselleria de Sanitat; y te lo tengas que subvencionar tú
  • asociándote es la única forma de conseguir cosas (entre ellas, promover la investigación científica) y de no sentirte sola, porque como dijo Dña. Mariola Penadés, Directora General de Investigació i Innovació, en las Jornadas del día de las Enfermedades Raras de Valencia: “Quiero agradecer especialmente a las asociaciones de pacientes porque cuidan, arropan y acogen al paciente allí dónde los profesionales sanitarios no llegan”
  • vas a empaparte de todas las ayudas sociales que puedes solicitar por tu situación (y aún así sacar dinero de donde no tienes porque hay necesidades que no las cubren)
  • cuando acudas al servicios de urgencias de tu hospital, vas a tener que explicar una y otra vez cual es tu enfermedad (y darte con un canto en los dientes si la conocen)
  • vas a explicar mil y una veces en qué consiste tú enfermedad y el porqué haces cada movimiento raro que haces
 Y que vamos a reírnos de todo porque por mucho que lloremos, vamos a sacar lo mismo.


Hoy es 29 de febrero, Día Internacional de las Enfermedades Raras, y reclamamos: más eficacia y eficiencia en el diagnóstico, más inversión pública en investigación, y que rara es la enfermedad, no la persona.




lunes, 25 de septiembre de 2023

Una ataxia en rebeldía

Nos volvemos a plantar en otro 25 de septiembre, Día de la Ataxia.

La Ataxia como patología (subtipos y clasificaciones a parte) es neurodegenerativa (progresiva, que avanza sin parar, que la persona afectada está hoy peor que la semana pasada), física y orgánica, es una enfermedad genética, rara y sin cura. Pueden aparecer los primeros síntomas tanto a los cinco años como a los sesenta (cuánto más temprano empiece, peor es su pronóstico). Es una patología muy cruel y muy duray que, dependiendo del caso, empuja a la persona afectada a una gran dependencia más pronto o más tarde.

Esa es la definición general de ataxia como enfermedad (como lesión reversible es otra historia), ahora voy a definir la mía, mi ataxia, de manera objetiva y subjetiva.

Yo era una niña que andaba por acequias, iba a natación y que montaba en bicicleta; tres cosas que me encantaban y que, siendo una niña de cinco años, que estaba desarrollando una Ataxia de Friedreich, me convertía en "una niña torpe". Hasta que esa "niña torpe" dio paso a un "a Belén le pasa algo"; y que acabó a los diez años, tras meses de pruebas, en un diagnóstico.

La AF es una enfermedad genética, hereditaria (ambos progenitores deben ser portadores del gen defectuoso), neurodegenerativa y, en la mayoría de casos, diagnosticada en la niñez. Provocada por la ausencia, en cada una de las células, de la proteína frataxina: motor, control del hierro celular y fuente de energía de las neuronas; al no haber frataxina, la neurona se oxida y se muere. Así de simple y así de complejo. Así de dura y cruel. Lleva adjunta, en algunos casos, una cardiopatía (spoiler: en mi caso, es muy grave), consistente en que el corazón es demasiado grande para la cavidad que tiene, de “tamaño normal”.

Y esto es lo que hay ahora: Las neuronas de parte de mi cerebelo, parte alta de la médula y ganglios dorsales, entre otras, llevan dieciocho años degenerando; lo que conlleva una gran discapacidad y dependencia, que significa literalmente lo que dicen estas dos palabras. Sumemos, también, un inicio de afectación del nervio óptico y auditivo, una capacidad respiratoria reducida y una fatiga crónica de caballo… El hecho de poder andar o no poder, ya casi es lo de menos.

Hay gente que a veces me pregunta qué me ha pasado… Yo les contesto: La vida… Me ha pasado la vida… En definitiva, no me ha pasado nada más que eso: una vida normal si naces con un defecto genético en el gen FXN del cromosoma 9.


Me ha tocado una vida rara que no se investiga como debería, una vida dependiente que no se visibiliza como necesitaría, una vida dura que no encuentra la cura como merecería tanto sufrimiento. El año pasado contaba aquí mi realidad al minuto, cómo era, es, mi día a día, cada día, cada día, cada día. Este año cuento que estoy triste, que me gustaría que mi realidad fuera diferente y no tener que volver a escribir sobre estas ganas que tengo de que mi realidad fuese diferente, que “Nada exige más coraje que luchar contra tu propio cuerpo en rebeldía”, como escribió Alberto Vázquez-Figueroa en el Calendario Solidario Ataxia 2012. Este cuerpo en rebeldía que es el mío.


ataxiasvalencia.org

jueves, 9 de marzo de 2023

Lo de la Ataxia, otra vez

No, no me he equivocado de día. Hoy no es 25 de septiembre (día de la Ataxia), hoy es un día cualquiera de 2023; pero vengo para hablar de ATAXIA, otra vez.

Hay tres motivos de peso por los que estoy escribiendo este post:  1) porque quienes padecemos esta patología, la padecemos las 24/7 de los 365 días del año, no solamente el 25 de septiembre, día de la Ataxia o el 28 de febrero, día de las EERR. 2) porque desde hace unos meses existe una Asociación Valenciana de Ataxias, que da cobijo y asesoramiento a todo el que lo solicite, ya que la Comunitat Valenciana es la tercera comunidad autónoma con más casos de ataxia, seguida de Cataluña y el País Vasco (2019). Y 3) porque en dos semanas, tendrá lugar el primer congreso íntegro sobre Ataxias celebrado en Valencia, organizado por la Asociación y por la Unidad de Ataxias de La Fe; con un cartel de lujo, lleno de grandes profesionales especializados del ámbito de la investigación, médico y rehabilitador; el sábado 25 de marzo (inscripciones).


Contacto


Tuve la grandísima oportunidad de ser una de las ponentes de las "VII Jornada Nacional de Investigadoras en Enfermedades Raras" del Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia, el pasado 17 de febrero. Donde hablé alto y claro sobre la ATAXIA, sobre los objetivos de la asociación, y reclamé más investigación para este grupo de varias miles de enfermedades raras, neurodegenerativas y genéticas. También se hablaron de otras enfermedades (que cumplen las tres reglas de oro) y la idea que me rebotaba continuamente es: unas te incapacitan más y otras menos, en unas la esperanza de vida es más corta y en otras más larga; pero, dónde está la calidad de vida cuando la esperanza de vida es tan larga? No solo queremos cantidad, sino también calidad. 

Realmente no sé qué tiene que pasar para que se invierta en investigación para estas enfermedades... La Dra. Espinós, investigadora jefa del CIPF, decía: "Cuando se habla de investigación, parece que hablemos de  cifras astronómicas: 200.000€ para 3 años..., pero eso no da ni para pipas...".

Está claro que nuestra cura llegará -no sabemos cuándo- de manos de la investigación científica, pero mientras habrá que darle su importancia a la rehabilitación, no? 
Yo veo a pacientes que hacen mucha rehabilitación y otros que no, y os aseguro que se nota.

“La rehabilitación física y la nutrición es importantísima en la calidad de vida de los pacientes con Ataxia. El problema en nuestro Sistema Nacional de Salud es que la rehabilitación solo está planteada para pacientes agudos” 
Ponentes en las jornadas científicas del 2022 de FEDAES.

domingo, 25 de septiembre de 2022

El día de la Ataxia

7.25 am – Suena la alarma del móvil (menos mal que mi madre, al irse a trabajar, me lo dejó en la cama, a la altura de mi mano, para que al sonar pudiera apagarlo). Tengo un sueño horroroso, pero le doy a “apagar” porque me volveré a dormir, volverá a sonar y será peor. Yo no sé la de veces que me habré despertado esta noche, como no puedo girarme por mí misma cuando estoy incómoda o me duele algo, tengo que despertarme y llamar a mi madre para que venga a ayudarme.

7.30 am – Mi perra empieza a ladrar como si se lo fueran a prohibir y ya me despierto del todo; habrá llegado M, mi asistente personal, sigilosa y puntual como siempre. (La/el asistente personal es una figura, reconocida y subvencionada por Conselleria, dirigida a la asistencia (no cuidado) de personas jóvenes y activas con gran dependencia). 

Me moviliza los pies -para que no se atrofien los tobillos y evitar dolores futuros-, me baja las piernas de la cama y me ayuda a incorporarme. Espero medio minuto sentada, mientras mi cuerpo se despierta, mis pies se preparan para tocar suelo, me cojo de sus hombros y me pongo de pie para pasarme a la silla; tomo las tres pastillas en ayunas y voy al baño.

7.55 am – Entro a la cocina, entre M y yo sacamos las quince pastillas del desayuno (tengo que dar gracias al cielo, antes eran treinta y siete, pero ahora, con la nueva fórmula, cada pastilla tiene más cantidad farmacológica). Me las reparto entre un té moruno -la ansiedad me devora y he dejado el café- y un vaso de zumo; y por supuesto, el plátano que no falte en mi desayuno, para compensar la pérdida de potasio al tomar un Seguril diario (que tomo para no retener los líquidos que por mi cardiopatía -hipertrofia ventricular-, se acumulan).

8.20 am – Voy a lavarme los dientes y a hacer otro pis (el ½ Seguril ya ha empezado a hacer efecto) y M me pasa a la silla de ducha. Me ayuda con el grifo, con el jabón y hace de “muro” para que no me vaya de morros.

9 am – M me ha puesto los pendientes, me maquilla con el eyeliner y me hace una trenza súper chula. Me pongo el perfume y aprovecho para hacer otro pis (menos mal que solo me he tomado medio Seguril, porque si me lo hubiera tomado entero hasta mediodía no puedo salir de casa). Ya que va a ser la última transferencia antes de salir de casa, aprovechamos para cambiar de silla: de la manual a la eléctrica. Le pido a M que me llene la botella de agua.

9.25 am – Hemos salido a la calle y hasta la parada de metro tenemos poco más de cinco minutos, es un gustazo porque aún no hace calor y la brisa se agradece.

9.45 am – Mientras voy en el tren de camino al hospital, reviso las notas del móvil a ver si he apuntado todo lo que quería comentarle al médico. La última visita con él la tuve hace un año y tengo varios pendientes…

9.55 am – Entramos al hospital, subimos al Neurología y, al abrirse el ascensor, le entrego a M la tarjeta SIP, le digo los botones que tiene que teclear y recoge el papelito que escupe la máquina. Nos vamos a la sala de espera, cojo mi libro del bolso y me pongo a leer.

10.15 am – Sale el médico de la consulta y dice mi nombre. ¡Qué bien, la espera ha sido corta! Me dará tiempo a ir a la conferencia de las 12.30 h. M me coge el bolso al vuelo y el libro, como habíamos quedado, y entro yo sola a la consulta.

11.30 am – Llegamos a casa y voy a hacer otro pis. Le digo a M que me cambie la camiseta (hace mucho calor y el respaldo de la silla hace que la empape) y saque un yogur de la nevera. Me acompaña a la calle, yo me voy sola a Valencia porque he quedado con una amiga para ir a unas conferencias de periodismo, y ella se sube a casa a hacer las tareas que le he encomendado hasta que termine su jornada laboral.

12.30 pm – Ya he llegado al recinto ferial, ha habido varios contratiempos (se me ha caído un pie del reposapiés -no había forma de que por mí misma me lo pudiera subir- y la tarjeta del metro al suelo, al sacar la botella de agua, se me ha vaciado todo el bolso en mitad de la estación), pero siempre hay gente maja por el mundo. 


14.55 pm - Estoy debajo de casa, llamo para que me abran. M ya no está y mi madre ha podido salir antes del trabajo. Mi asistente de tardes está de baja, así que por unos días será mi madre (que lleva siéndolo desde el diagnóstico, hace diecisiete años, 24/7). Me pongo un trapo de cocina a modo de pechito, porque, entre el bamboleo de mi tronco y el descontrol de la muñeca, hay fideos que en lugar de a la boca, pueden ir directos a mi pecho. Me tomo el medio Seguril que tenía pendiente. 

15.30 pm – Hago otro pis, me lavo los dientes, mi madre me pasa al sillón motorizado y me acerca la botella de agua. Tecleo el móvil, me pongo a leer y al rato me quedo durmiendo.

16.50 pm – Me despierto porque me estoy meando mucho, llamo a mi madre, me levanta del sillón, voy al baño, vuelvo al salón, me acerco al MotoMed (una especie de pedaleo automático con sujeciones para los gemelos; gracias, Conrado!), mi madre me coloca los pies en las cazoletas, me los fija con velcro y me coloca el cojín de goma en la espalda para mantenerme erguida los 50’ que voy a estar ahí.

17.50 pm – Hago pis otra vez y mi madre me vuelve a hacer la trenza y me voy yo sola con la silla eléctrica a merendar con unos amigos. Es mi amiga la que me acerca el vaso y me lo sostiene para que no le dé un manotazo. 

20.05 pm - Llego a casa para sacar a pasear a Persa, mi perra. Mi madre la baja, me pasa a otra silla eléctrica (ya voy montada es la nueva, más fina, que se estropea con solo mirarla; la que utilizo para pasear a Persa es más vieja, una todoterreno), engancho su correa al mosquetón de la silla y nos vamos.

21.15 pm – Llego a casa, mi madre me pasa a la silla manual (porque la eléctrica vieja no entra en el ascensor) y hago pis. Ceno sin hambre y me tomo las 7 pastillas de la noche. Mi madre me vuelve a duchar. 

22.40 pm – Voy a la cama y mi madre me pasa, me alinea las caderas y me estira las piernas. Como tengo la cama articulada, cojo el mando y me incorporo del tronco superior. Mi madre me pone el portátil sobre las piernas y termino de escribir este texto… (Se me harán las 00.35 de la noche, menos mal que mañana es sábado y no madrugo). 

 

 

He escrito El día de la Ataxia, a modo de diario de cómo es un día en mi vida limitada por la enfermedad. Fue el diario del viernes, 23 de septiembre, pero podría ser perfectamente el de todos mis días. Porque todos mis días son El día de la Ataxia

Hoy se celebra (hay poco que celebrar) el Día de la Ataxia; es decir, el día para contar -después de 429 veces- lo que es la Ataxia, lo que significa, en qué nos afecta, qué queremos conseguir con nuestras reivindicaciones, y qué calidad de vida e investigaciones financiadas con dinero público para encontrar UNA CURA necesitamos… Pero, que sea cuanto antes porque, desgraciadamente, el tiempo va en nuestra contra.

 

Gracias por acompañarme hasta aquí.

 

https://open.spotify.com/track/1YN55N73ChOA6uJRkUhiD0?si=02a3c03021c24014 

jueves, 12 de mayo de 2022

El sitio de mi recreo no es accesible

"Todo el mundo tiene derecho a divertirse..." Bla, bla, bla, bla... Queda muy bonito decirlo, que ocupe titulares en prensa ("El arroz con cosas no es paella" recibe el premio autonómico a la empresa más accesible del año), tener la pegatina de ACCESIBILIDAD o estar en la categoría de "local accesible", pero no todo vale. No digo que haya que poner a trabajar a mentes brillantes ni hacer una gran inversión para conseguirlo, simplemente es sentido común y responsabilidad.

Según datos oficiales del CERMI, en el año 2022 se calcula que hay "4,32 millones de personas con discapacidad en España, un 10% de la población total", y un 40% de esas personas, tienen una discapacidad física. Para cifras más exactas, el INE contabiliza a día de hoy 2.402.700 personas con movilidad reducida en España; y de esas, 179.500 tienen entre 16 y 44 años (por coger los rangos de edad de la gente más joven y la que más sale).

Sí, somos un puñadito de personas las que necesitamos rampas, puertas anchas, baños accesibles o, en cines, teatros y conciertos, zonas reservadas para -quedaos con estas siglas- PMR (personas con movilidad reducida). Se trata de equipararnos en oportunidades, de igualarnos en derechos frente a quienes no tienen que toparse con barreras físicas; NO se trata de hacer -como he oído tantas veces- una discriminación positiva o de facilitarnos la vida porque bastante complicada la tenemos ya. 

Os pongo unos ejemplos... La semana pasada me fui a comer con una amiga y, al salir del restaurante, casi se me salen los raviolis por la boca al bajar la rampa. Unos días antes estaba peleándome con un recinto de conciertos de Valencia porque de casi mil plazas, solamente 2 estaban reservadas para PMR y claro, tres semanas después de salir a la venta, ya estaban vendidas (esto quiere decir que mi silla de ruedas y yo no podemos acceder a ninguna de esas 998 plazas, porque: a) hay escalones, b) no cabe la silla, o c) las dos anteriores). Spoiler: al final me voy de concierto. Qui no plora, no mama. Otro día le pregunté al recepcionista de una parada de transporte público desde cuándo estaba averiado el ascensor y porqué no lo habían anunciado -como suelen hacer- en la parada de origen, y me dijo que estaba puesto en la página web -sitio del que no te puedes fiar porque la información, la mayoría de las veces, está a medias-, que para asegurarme, cada vez que saliese de casa, llamara a la centralita para asegurarme. Le dije que entendía que la responsabilidad no era suya, pero que se pusiera en mi lugar, que no era justo... 

Hace unos meses, Moderna de Pueblo publicó estas ilustraciones, y me vi reflejada al 200%. Salir de casa cuesta, pero es que si encima tienes que estar pendiente de cosas que escapan a tu control, y de sus posibles alternativas, la cantidad de energía que pierdes es brutal; te sale más rentable tirarte en el sofá, ponerte Netflix y que te traigan comida a domicilio. 

Termino este post con una reflexión, la que me ha hecho empezar a escribir este texto después de un año sin hacerlo. Simplemente es cosa mía, pero... No creéis que todas estas barreras físicas continúan existiendo porque estamos hablando de ocio, de no-obligaciones, de disfrute y tiempo libre? Qué pasaría si esos impedimentos nos los encontráramos al ir al colegio, instituto, universidad o al trabajo? Hay gente que se conforma, que no pelea, que agacha la cabeza y se va... No, yo no soy de esas. Si veo que no me están tratando igual que a otra persona sin silla, lo voy a decir, y voy a protestar. Hay cosas injustas sobre las que no podemos hacer nada (enfermedades graves, accidentes, desastres naturales...), pero hay otras sobre las que sí: cuando el sitio de mi recreo no es accesible.


CODIFIVA- Coordinadora de personas con diversidad funcional física de la Comunitat Valenciana

Suzanne Vega - Luka


lunes, 22 de marzo de 2021

Flores de lavanda

El pasado enero, al salir de un examen, me fui a por un chute de cafeína y glucosa a la cafetería de la facultad; por casualidad, me encontré con una amiga a la que no le contaba mi vida desde antes de la pandemia, y que también iba a por un chute como el mío. Me preguntó por qué ya no publicaba con tanta asiduidad como antes, y le dije la verdad: que para escribir que la vida no era lo maravillosa que me gustaría, pues no. Antes de irse corriendo a una reunión, me pidió por favor que escribiera, que la gente (me incluyo como lectora) quiere leer vidas reales, no ideales.
Así que este escrito, en parte, se lo debo a ella…

Tengo la suerte de vivir en una casa con terraza. No tiene jardín ni piscina, pero le da el sol hasta las cuatro de la tarde. Hace unos días, después de pasear a mi perra, salí a la terraza a aprovechar el día tan bueno que hacía y tomar el sol, en lugar de tirarme en el sofá a ver Netflix; y viajé a finales del marzo pasado.

Recuerdo que salía todas las mañanas a tomar el sol y el aire con los pies descalzos, para mejorar su circulación y que contactaran directamente con el reposapiés. Recuerdo cómo metía los pies en un barreño de agua tibia y sal gorda para que se deshincharan. También recuerdo que me preguntaba en qué estado iba a salir del confinamiento (aún no sabíamos por cuánto tiempo), sin recibir rehabilitación (la presencial, la de toda la vida); cómo iba a avanzar mi patología, la Ataxia de Friedreich (aquí). Yo, que nunca había dejado de ir semanalmente a que me trataran; porque no nos engañemos, no es lo mismo hacer ejercicios y máquinas por tu cuenta a que el terapeuta te “meta mano”. Recuerdo también que me preguntaba por la complejidad de una croqueta (aquí).
Recuerdo, sobretodo, que me daba rabia cuando escuchaba decir eso de que todo el mundo estaba igual, en la misma situación, pasando por lo mismo. Mira, pues no. La misma rabia que me daba, y me sigue dando, lo de la “carrera por la vacuna”. Desde que se creó la Federación Española de Ataxias, en 2001, los mejores científicos investigan una cura; a día de hoy no hay vacuna, solo terapias de rehabilitación (privadas, porque la sanidad pública no quiere invertir en nosotros) que nos ayudan a frenar o ralentizar los síntomas; y no es porque los investigadores no sepan, es porque desde el Estado no se da dinero. Los 2500 enfermos de Ataxia de Friedreich (de España, del mundo ni se saben) seguimos esperando, y el mundo ha visto varias vacunas a los pocos meses de desatarse la pandemia. Ha quedado claro que dinero y equipos hay, pero depende de para qué.

También recuerdo que durante el primer mes estaba bloqueada, y tenía apuntes de clase y ejercicios de rehabilitación para aburrir. Era como si al día le faltaran horas, ya ves tú la ironía… Lo solucioné (o eso creo) bajándome el listón. Decidí que ya habría tiempo de volver a subirlo. A la vez, recuerdo sentirme afortunada porque no tenía que salir de casa a exponerme; ni nadie de mi familia estaba en una UCI. ¡Y mi perra estaba encantada de la vida porque estábamos todos, todo el día en casa!

                                                      

Hace unos meses me regalé un ramo de flores de lavanda seca precioso. Un color vivo, olía tan bien... No di un duro por él, pensé que a los cuatro días se desharía; pero no, ahí aguanta, intacto, y oliendo como el primer día.
Hace unos meses me enamoré de su música, y ahora es Andreu Valor quien me dedica canciones en sus conciertos.
Hace unos meses que lloro menos.
Meses en los que he aprendido que las cosas pasan porque existe la probabilidad de que sucedan. Nos gusten o no. Pero, aun sabiéndolo, no va a hacer que nos duelan menos.

Ojos verdes, verdes como la albahaca…


Saudade, Ana I. Bernal-Triviño (Público, marzo 2021)

martes, 16 de febrero de 2021

Elogio de la suerte

Que sí, que las cosas pasan porque pasan. Unas veces las buscas y otras llegan solas. Estoy hablando de este post; llevo años queriéndolo escribir, pero no encontraba argumentos suficientemente sólidos que lo respaldaran. Hasta que hace un par de semanas leí dos artículos de opinión, y a una twittera con mucha chispa, que me hicieron boing en el córtex. 

"Que tinguem sort" es la frase que tengo tatuada en el antebrazo; también es la canción de Lluís Llach, versionada, entre otros, por mi admirado Andreu Valor. Hay quien, al verlo, me ha dicho que la suerte no viene porque sí, si no sales a buscarla. Vale, lo compro. Pero nadie te garantiza que, saliendo a buscarla, vayas a encontrarla. También dicen que no existe, que es trabajo y constancia… Mira, eso no lo compro. Tú te lo puedes currar mucho, pero si el aire te viene en contra…
Y no lo digo yo, lo dice la RAE en las dos primeras acepciones de la palabra Suerte: “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”, y “circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede”.

No es mi intención lanzar un mensaje frustrante y catastrófico, ni alentar al “no-esfuerzo” ni a tirar la toalla. Pero es que estoy un poco harta de los mensajes súper mega optimistas del tipo: “¡si quieres, puedes!”, “si lo visualizas mucho…” o “todo esfuerzo tiene su recompensa”. Mira, pues no. Por mucho que desees algo con fuerza, no tienes porqué poderlo; ni tienes porqué pasar de la visualización, y puede que el esfuerzo se quede en nada.

Hace unos meses -no sabría decir cuántos, tampoco si lo leí o lo escuché- alguien decía que nos aterra no tenerlo todo bajo control, que haya cosas que no dependan directamente de nuestras decisiones y recursos. Por eso hay quien rechaza la idea de suerte, estrella, azar… Es algo ajeno a nosotros, para bien o para mal.     

No podemos controlarlo todo; no todo sale cómo querríamos. Ya nos gustaría…


“Ni la gente tiene la culpa de todo, ni somos exclusivamente responsables de lo que nos pasa. Aceptar que el éxito o el fracaso dependen exclusivamente de uno mismo, de nuestra propia voluntad, el famoso mérito, provoca que se desprecie al que está por debajo.”
El mérito de tener la culpa de todo. Lourdes Lancho (elDiario.es 16 /01/21)

Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Lucía Márquez (valenciaplaza 24/01/21)

lunes, 18 de enero de 2021

Ovarios aplastados

Soy observadora; mucho. Me gusta fijarme en los detalles. Y puedo presumir de tener buena memoria. También me gusta saber el porqué de las cosas, sobretodo de las que me conciernen; pero no me vale el porque lo dice menganito, y punto. Y cuando me entero de algo que considero importante que se sepa, y que puede ser más o menos común, pues me apetece contarlo.

Desde que me vino la regla he tenido dolor de ovarios (he sabido, y sé, identificar cuándo son ovarios o cuándo son, por ejemplo, simples gases). Ese dolor lo escondía, o intentaba esconder, con paracetamoles e ibuprofenos. Porque claro “la regla duele”, pero no sabía hasta qué punto era normal y no hacía falta ir al médico.

Belén va cumpliendo años, empieza a utilizar la silla de ruedas, y en cada regla le duelen más y más los ovarios: del paracetamol pasa al enantyum y al diazepam, con algún desmayo entre medias. Belén va a sus revisiones ginecológicas, y ese dolor se enmascara con un simple desajuste -que sí, que el desajuste está y ya ha recibido tratamiento para él, pero los ovarios siguen quejándose-. Belén, que está entre asustada y hasta el gorro, va a ver a una fisioterapeuta especializada en suelo pélvico (bueno, a varias; pero ella no se asusta ante la discapacidad): le dice que el motivo principal del dolor es por estar todo el día sentada, y en una postura no demasiado correcta; y lo están “pagando” los pobres ovarios, aplastados por la musculatura, y al inflamarse, chillan [todo esto tiene varios nombres técnicos, pero esta explicación me resultó muy visual y fácil de entender].
Spoiler: gracias al tratamiento terapéutico y a los ejercicios en casa, el dolor va disminuyendo.

Estás flipando, a que sí? Yo me quedé igual. Le preguntaba a la fisio: “Pero… entonces, a la mayoría de mujeres que van en silla, les pasa esto?”, “y por qué nunca he leído sobre ello?, por qué ninguna lo cuenta?”. Ella se encogía de hombros, abría mucho los ojos y miraba al techo (todo a la vez). Ese día, de camino a casa, me convencí de que, si había chicas que se lo callaban, por pudor o vergüenza, yo debía contarlo…

Como conté esto hace unos años, indignada con la situación, a la par que cabreada como una mona. Cómo era posible que, con todos los avances y protocolos que había, no se hubiera puesto sobre la mesa, que una mujer en silla de ruedas pudiera hacerse sus revisiones ginecológicas como una que no fuera en silla? El debate se llevó a medios de comunicación nacionales, y conocidas que trabajaban en el ámbito de la discapacidad, me comentaban sorprendidas que era un tema que no se lo habían ni planteado.

Pero cinco años después, EL DEBATE se quedó en algo anecdótico… Hace un par de meses, pregunté al CERMI CV (Comité de Entidades Representantes de personas con discapacidad de la Comunidad Valenciana) si existía algún listado de consultas adaptadas en hospitales públicos (o en su defecto, privados); me dijeron que no, pero que gracias a mi sugerencia, se iba a presentar una propuesta en la Conselleria de Sanitat.
Hola??, en serio tiene que venir Belén, en 2021, a hablar de derechos y de ovarios??



PD. Este post es para animar a la queja; que tomarse dos paracetamoles es normal, pero pasarse cuatro días, doblada de dolor, no. Que el hecho de tener una enfermedad de base, no lo justifica. Y si a la primera no os convence lo que os dicen, buscad otros profesionales. Yo he tenido mucha suerte.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Escuela inclusiva, ¿no es eso lo que queremos?

Desde que hace tres semanas se aprobara en el Congreso la nueva Ley de Educación, sólo he escuchado críticas, visto lazos naranjas y #StopLeyCelaá. Los primeros días aun no me había dado tiempo a leer nada oficial, y de lo que me llegaba entendía menos: cierre de centros educativos de necesidades especiales (NEE), menos fondos públicos para los concertados y quitar el castellano como lengua vehicular (para que en Valencia las clases se den en valenciano). La primera medida me chocaba mucho, las otras dos me parecían estupendas. Me fui a hablar de lo humano y lo divino con una amiga, cuando vimos en la fachada del edificio de al lado un enorme lazo naranja. "¡¿Pero esto es por lo del cierre de los coles NEE?!", le pregunté escandalizada. "¡Qué va! La reforma simplemente dice que se va a dotar de más recursos a los públicos para que sean inclusivos, pero los NEE van a continuar estando...", y me invitó al café y al bizcocho de calabaza.

Entonces entendía menos: ¿Por qué tanta protesta? ¿No queremos que los niños con discapacidad estudien con niños sin discapacidad? ¿No queremos una igualdad REAL de derechos entre personas con y sin discapacidad? Pues para eso se debe empezar desde pequeños. Viendo como a la compañera de pupitre le tienen que sacar el libro de la mochila y abrírselo por la página que toca; o cómo al niño que es más mayor que yo, le tienen que dar el almuerzo, porque sus manos no tienen la suficiente fuerza como para aguantar el bocadillo; cómo una tablet habla por otra compañera o que hay niños que en lugar de comer en el comedor, tienen que inyectarles la comida triturada con una sonda por el ombligo...

Tengo 26 años, y hubiera dado un mundo porque en mi colegio concertado hubiera habido alumnos con discapacidad. Para que Belén no fuera la torpona que tropieza, todos la miran y se muere de vergüenza, para evitar miradas desconocidas que parece que te desnuden; o para que (antes de ir en silla) cuando me cruzaba con niños en sillas de ruedas o implantes cocleares, no los mirara como si vinieran de marte... Recuerdo que a los 15 años, cuando me matriculé instituto concertado y de inclusión aluciné, ¡pero si todos deberían ser así! Un tercio de los alumnos tenían discapacidad, había un equipo de NEE que les ayudaban en las clases, a almorzar, ir al baño; había fisioterapeutas y logopedas. No era raro para nadie. (Hablo en pasado, pero en la actualidad sigue siendo así).

Hace un par de días leí este clarificador artículo, escrito por pedagogos terapéuticos, a raíz de toda esta polémica, y me gustó comprobar que cuentan lo mismo que dije en mi libro dos años atrás. Que todos los colegios deberían ser inclusivos (independientemente de si son públicos, concertados o privados; porque quien se lo pueda pagar me parece estupendo, pero quien no también lo merece), porque no se puede discriminar ni aislar a niños con discapacidad, pero entiendo que aquellos que tengan una afectación alta (que, por ejemplo, necesiten cuidados de enfermería o no puedan seguir el plan de estudios, ni siquiera adaptado) deberían poder ir a centros NEE.

El tema de que la inversión pública sea suficiente, ya es otro cantar. 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Gen X25. Cromosoma 9.

                                                                                                         *Prevalencia mundial: 1 de cada 25.000

Me lo había prometido: este año no iba a escribir nada sobre la Ataxia de Friedreich en el día marcado en el calendario para darla a conocer. Porque estoy harta, porque desgasta, porque parece que me esté dando golpes contra una pared. Pero una fuerza sobrehumana me ha hecho levantarme del sofá, venir a la mesa y aporrear el teclado. Puede que provocada porque últimamente he escuchado demasiados "la enfermedad es degenerativa, cada vez va a más, no puedes hacer nada", "hasta que no saquen una vacuna...", "la rehabilitación no sirve para nada", "si ves a tu hija mejor es por las pastillas, seguro..." (claro, para el Sistema Sanitario es más rentable recetar relajantes musculares y material ortopédico que invertir en neurorrehabilitación), y mis redes neuronales no han podido sostener tanta información absurda.  

Si tan convencido está el mundo de que la rehabilitación en AF no sirve para nada, por qué estoy leyendo artículos científicos que dicen todo lo contrario? "Algunas revisiones sistemáticas recomendaron una fisioterapia intensiva de más de una hora diaria durante al menos cuatro semanas, que se centró en el entrenamiento del equilibrio, la marcha y el fortalecimiento de la ataxia cerebelosa degenerativa en el hospital y en el propio hogar." (Physical Therapy for Cerebellar Ataxia, 2017). Lo dice la misma ciencia en la que todos confiamos, y que está sacando, en tiempo récord, una vacuna mundial (y que por cierto, para la de la AF llevamos 20 años sin tener nada... #ironíasdelavida). 

En 1860, el médico alemán Nicholaus Friedreich fue el primero en explicar qué era eso de la Ataxia de Friedreich e interesarse por conocer sus síntomas. Pero hasta 1988 no se supo que la anomalía genética que la provocaba estaba en el cromosoma número 9; y en 1996 descubrieron que el gen responsable era el 25, que no codificaba bien la proteína frataxina (FXN). Esto significa que está en muy poquitas cantidades, o que no se llega a formar; la frataxina es la energía de toda célula, y una célula sin energía se agota, se atonta, se muere. Las células que más energía consumen son las del sistema nervioso, concretamente las que dirigen el control, equilibrio y movimiento de los músculos; y sinceramente, que se te vayan muriendo las neuronas mientras esperas cruzada de brazos a que saquen una vacuna -que inyecte en tu cerebro el mecanismo que permita producir frataxina en cantidades normales-, no es muy divertido... 

Hace años que dejé de esperar y aposté por la rehabilitación neurológica, que va a despertar a las neuronas atontadas y a crear nuevas (va a retrasar la pérdida de neuronas, que al fin y al cabo es lo que nos interesa). Además, el día que saquen la cura significará que nuestras células ya tendrán frataxina, pero nuestro cuerpo necesitará recuperarse, y contra peor esté... No es esperanza, no es aferrarse a un clavo ardiendo; es ciencia.


PD. No voy a copiar un número de cuenta para que hagáis un donativo, por pequeño que sea, ni nada de eso. Sólo os voy a pedir que compartáis este texto, para que llegue lejos. Y esto no significa que no apoye la investigación para una cura, pero también hay que apostar por el mientras: no hacer nada no es una opción.

"Nuestro estudio indica que la rehabilitación puede mejorar la salud y el bienestar de los individuos con ataxia de Friedreich", 2017 (aquí)



miércoles, 1 de julio de 2020

Dentro del caos

Corre. Llega a todo. Y hazlo bien. Si tienes alguna adversidad, esfuérzate más; pero llega a todo y sigue haciéndolo bien. Si todos entregan el proyecto, tú también, no vas a ser menos; aunque vayas de cráneo, aunque notes que no puedes más, aunque quieras enviarlo todo a la porra. Ah, y sonríe; eso siempre.

Vivimos en tiempos de competitividad y rapidez.

Ese ha sido, durante los últimos tres meses y medio, uno de los mensajes que se ha lanzado desde los medios de comunicación. Leyendo apuntes en la mesa del salón, escuchando clases online (mientras cruzas los dedos para que no se caiga el wifi o la perra no ladre) y haciendo exámenes con el pantalón del pijama. Haciéndolo todo normal, cuando nada lo era. Pero como eso se esperaba de nosotros, pues adelante. ¿Y qué pasa con los que tropezamos y no pudimos con lo que llevábamos hasta principios de marzo? Esas imágenes ejemplares de trabajo en casa y de darlo todo, lejos de animar y activarte, hacían que te hundieras todavía más; sería como el bofetón que remedia la depresión, que aun hoy se escucha. Porque el tropiezo no se debe simplemente a una falta de motivación por esa actividad, es algo más complejo; puede ser que ya lo arrastrásemos de antes y con el confinamiento se haya acentuado, o que al confinarnos tan bruscamente, sin el necesario periodo de adaptación, haya explotado.

Después de las semanas de aislamiento más severo, he ido enterándome de gente que ha cogido bajas y se ha dejado carreras; que le han dado el pause a todo. Gente que se ha quedado atrás, y que por miedo a defraudar o vergüenza por no llegar, ha callado. 
Gente que hemos tenido que hacer nuestro propio periodo de adaptación dentro del caos. Y desde fuera, “si se compara con…”, se podrá ver como un logro o un fracaso, pero ¡ay! lo que nos ha costado…
Remontar emocionalmente después de esta primavera, va a costar.

Puedo sentir los pellizcos y los lagrimones que bordeaban mis mejillas, hace tres semanas, al acabar un examen. ¡Un simple examen! Pero los lagrimones no eran por saberme el temario de carrerilla, sino por el esfuerzo y las renuncias que conllevaron. (Te invito a que leas los dos párrafos, sobre EL ESFUERZO, del margen derecho de este blog). Que tú dirás: Pero chata, con la que tienes encima y llorando por un examen… Resulta que, como personas humanas que somos, nos planteamos metas (objetivos grandes y lejanos), pero necesitamos objetivos pequeñitos y alcanzables a corto plazo, que nos ayuden a alcanzar esa meta y a motivarnos.


P.D. Me voy a la librería, que tengo que recoger los tres libros que encargué por teléfono, y no veo el momento de devorarlos.




lunes, 27 de abril de 2020

Microcuento de cuarentena

Érase una vez una niña que lo tenía todo, y un día al sonar el despertador, y ponerse frente al armario para elegir la ropa, notó que le faltaba el aire, que no había suficiente para ella, que no viajaba tan rápido como debía. Abrió la puerta y la ventana, era invierno y hacía frío. El aire volvió a entrar y salir con normalidad; entonces se relajó. Le volvió a suceder unas cuantas veces más, pero en habitaciones aún más grandes. ¿Cómo leches iba a faltar el aire, con lo grande que era el sitio, estando ella sola, sin nadie que le pudiera quitar el oxígeno? Como otro día, después de un par de horas repantingada en el sofá, se levantó vomitando lo más grande; imposible que le sentara algo mal, además… ¡llevaba meses sin vomitar! Y a esa niña le explicaron que a sus pulmones y a su estómago no les pasaba nada, que era su cabeza, hecha una maraña de ideas magnificadas, que había encontrado una válvula de escape, una manera de llamar la atención.


Érase una vez una niña que se hizo mayor, y ya no vomitaba ni le faltaba el aire, pero se le comía la ansiedad; la intentaba callar tragando Boca-Bits, bebiendo Schweppes de limón, leyendo novelas históricas (para consolarse de que otros estuvieron peor) y saliendo a correr por la huerta mientras caía el sol.

Érase una vez una chica, una ansiedad y una cuarentena (así, todo junto y revuelto). Intentaba callar su ansia comiendo tostadas de mermelada de fresa y mousse de chocolate, haciendo tartas y bebiendo vino blanco; leyendo novelas rosas y negras, devorando algunas de las series pendientes de un canal de pago (porque la misma ansiedad, un tiempo atrás, no le dejaba concentrarse) y llorando a mares sin saber bien por qué. A falta de huerta, salía a dar vueltas a su terraza mientras escuchaba a Bob Dylan. 
Y la culpa otra vez. La maldita culpa.
Lo sabía bien: la ansiedad se callaba, o se intentaba; se controlaba. No se curaba, porque no era una enfermedad. Según el ambiente -los factores que la rodeaban- aumentaba o disminuía.

Érase una vez una chica que vivía en una sociedad generadora de ansiedad, y donde una alta cantidad de su población era ansiosa; y, sin embargo, esa sociedad se empeñaba en marcar unos ideales que para ella no lo eran. Y unos patrones de personalidad y de conducta que, desde que era pequeña, le habían dicho que eran los esperables, y si no los cumplía algo estaba mal. La misma sociedad que decía “anímate” ante una depresión, y “relájate” ante un episodio ansioso.

Érase una vez una chica que, después de correr por su terraza, mientras se daba un baño a lo Julia Roberts en Pretty Woman y se comía unas nubes de golosinas (sí, esas que se quedan en el fondo del paquete porque nadie las quiere), decidió que había llegado el momento de hacer lo que quisiera y no lo que se esperaba de ella; no por rebeldía, sino para dejar de temblar y tener miedo. Porque en su pequeño mundo los seres humanos no estaban programados para ser y sentir igual, porque no eran clones (¡y menos mal!): uno podía gestionar su conflicto en dos meses y otro en un año, y sería igualmente válido y sin juicios.

Y colorín colorado este cuento aún no ha acabado...



*Ampliación de la columna que se publicó el 19/04/2020 en la edición digital de La Vanguardia | Comunidad Valenciana (aquí).

viernes, 20 de marzo de 2020

Doble confinamiento

Desde hace años pienso y digo que tener Ataxia, o cualquier patología neurodegenerativa, que te va privando de movimientos pero que respeta tus capacidades cognoscitivas, es como vivir en una especie de cárcel, con ciertas limitaciones. Ese querer y no poder. Y no puedo evitar hacer una dolorosa comparación con el Covid-19 -salvando la distancia de 9.000 atáxicos en España frente a pandemia mundial-. Ese ser consciente de lo que pasa y no poder evitarlo. Ese "todo está bien", pero durante una época la niña se tropieza mucho, la llevan al médico y... Bombazo de diagnóstico. Y el tiempo va en contra. Y no sabes qué será lo próximo. Y tienes miedo. Y sabes que no hay un "combate entre China y EE.UU. para conseguir una cura" para lo tuyo, y que los informativos no hablan de ello; y que desde el Estado no se hace nada. 

No es tiempo de reproches ni de reclamos; ahora hay que centrar todos los recursos en encontrar una cura para el virus. Simplemente me gustaría que cuando eso ocurriera, también se parara el mundo para combatir contra la Ataxia. 

He tenido distintas épocas en las que por lesiones, dolor o motivos varios he debido guardar reposo y aislarme en casa -diez días seguidos como mucho-, y eso de divertido tiene poco, porque estás mal y no sabes cuándo te pondrás bien. Pero los que estamos de cuarentena por precaución, que estamos bien, no deberíamos quejarnos de aburrimiento. Pensemos en quienes están ingresados o están infectados en casa, o quienes tienen que salir de su casa para darle la medicación a sus mayores; ellos sí tienen derecho a la queja, pero nosotros por aburrimiento no. Hay libros que leer, música que escuchar, películas que ver, llamadas que hacer, puzzles por montar, recetas que probar, cajones que limpiar, estiramientos que hacer, perros que achuchar o ideas que ordenar. 
Yo no puedo salir al súper ni a pasear a la perra porque estoy dentro del grupo de riesgo, y la rehabilitación es un deber en mi rutina diaria. Ni los terapeutas pueden venir a mi casa, ni yo puedo ir a las clínicas. Consciente de que tantos días sin el tratamiento de un profesional va a hacerme empeorar por algún lado, pero también que las cosas vienen como vienen y no podemos elegirlas, he decidido marcarme un horario y unas pautas: andar, subir al bipedestador, hacer respiraciones diafragmáticas, y estiramientos de cuello y brazos (¡más de lo que hacía antes!). Tiempo para aburrirme no tengo.

Llevamos una semana así y parece todo tan surrealista... Miedo y preocupación. Por ti y por aquellos a quien quieres, que por muchas videollamadas que se hagan no puedes dar un abrazo. Anoche, mientras me comía un par de filetes de pechuga y unas verduras asadas, me empezaron a caer unas lágrimas silenciosas que terminaban en el cuello. No hubo detonante, fue un cúmulo de seis días recibiendo información y asimilándola. Igual que lágrimas, también hay ataques de risa escandalosos por tonterías. Dice el escritor Juan Gómez-Jurado que hay realidades tan duras, que necesitan de humor para poder sobrellevarlas.

Somos humanos, resilientes, somos plásticos, somos flexibles.


Gràcies, Andreu Valor, per posar banda sonora a aquests dies, i a Eugeni Alemany, per tantes rises a #DiariDeLaQuarantena.
Gracias, Juan Gómez-Jurado, por "La leyenda del ladrón".

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Elogio de la motivación

Voy a contradecirme. Creo que no es la primera vez que lo hago en este blog, y también creo que no queda muy bien, pero como hace tiempo que soy más emocional que racional, pues allá voy.
Hace unos años escribí un post sobre los comienzos, de lo que nos hace arrancar, de esa ilusión. Y me puse a buscar alguna frase, para ponerla al final, que sintetizara el escrito; encontré esta:
                                      La motivación es lo que te hace empezar.
                                         El hábito es lo que te hace continuar.
                                                             (Jim Ryum)

La DRAE define la motivación como el "Conjunto de factores internos o externos que determinan en parte las acciones de una persona". En parte, pero no dice qué porcentaje de parte. Las acciones, en general, no dice nada de comienzos.
Cierto es que la motivación te hace empezar algo (lo que sea, aquí caben todos los sustantivos), pero igualmente cierto es que la motivación te ayuda a seguir.
Que puedes seguir sin motivación? Por supuesto. Que obtendrás la recompensa igualmente? Por supuesto. Que se te hará cuesta arriba el llegar al objetivo? También.

Escribo esto sobre la motivación para contar que la falta de ella me llevó a cambiar de carrera: me desmotivé de Psicología y empecé Periodismo. Por qué? Pues no sabría decir un motivo solo, pero sí que me llevó unos meses: primero para comprobar que iba a rastras a la facultad, y segunda para decidir qué iba a hacer después del verano. En su día lo conté así: Cuando la motivación desaparece, cuando crisis es igual a cambio, cuando los cambios son para mejor... 
Y no, como ya expliqué en mi libro (en él lo planteaba como una posibilidad de futuro), el hecho de dejar la carrera no lo veo como un fracaso o una huída, sino como un acto meditado y de atrevimiento. Que si me siento orgullosa? Mucho, y por esto también.

Según la que firma, la motivación sería: "Conjunto de factores indispensables que te hacen empezar y continuar".